martes, 19 de agosto de 2014

ASEDIOS

                                                                                                                  
                                                   NO HIPOTECARÁS TU PALABRA
                                                                 

Quien vive de ideas prestadas corre el riesgo de que algún día amanezca sin ellas. Posesionarse y defender una religión, una teoría, un sistema de pensamiento es cuestión que admiramos y respetamos. Por muy equivocado que se esté, siempre refulgen verdades universales de las que cualquiera de nosotros puede ser su propietario. Unos más, unos menos, somos reos de convicciones e ideologías que a muy temprana edad o en nuestra juventud adquirimos en el entorno familiar, en los pasillos escolares. El transcurso del tiempo nos deslastra de algunas y, a su vez, nos afinca en otras. Así va creciendo el tronco de ese árbol de sombras que es la adultez. Unos llegan a ella con la frondosidad de sus ramas desplegadas y tupidas; otros, con la corteza en ruinas y las raquíticas sombras de un esqueleto vegetal que da cuenta de que no siempre tuvo cerca el agua fresca y vitalicia. Puestos en la mitad del camino, en ese punto de inflexión donde comienza la cuenta regresiva, donde el reloj biológico no suma sino que resta, va de quimera a utopía el sueño de solventar lo que no hicimos ni cultivamos durante las décadas efervescentes de nuestras vidas. Quienes lograron curtir su espíritu con la más diversa materia del mundo, saben bien que tomaron de esto y aquello –llámese religión, teoría, sistema u otros- para construirse una capsula de viaje; vale decir, apropiarse con sano juicio y sensatez el conocimiento del mundo para no ser víctimas de la mínima ráfaga o ventisca de los tiempos. Sólo así podrán liberarse de fanatismos y borrascosas pasiones. Se engaña quien pretende recuperar el tiempo perdido. Si el tiempo es lineal, no hay nada que hacer; y si es circular, la vida es muy corta para pasar de nuevo por el mismo punto. Armados en nuestra propia fortaleza, estaremos en condiciones óptimas para asumir el compromiso que fuere con serenidad y mirada de arquero, objetivando el blanco sin que nos tiemble el pulso. Ningún acontecimiento exterior podrá alterar la ruta trazada por la flecha del pensamiento. Cuando hablamos de ideas prestadas, hemos querido referirnos a las creencias y supersticiones de todo tipo: históricas, políticas, religiosas, etc.; a las bolas o corrillos que echan a rodar los laboratorios de la mentira, a las invenciones que un imaginario social pone en circulación para provocar éxtasis y consuelo en esa dirección equivocada de la esperanza de quienes aspiran extirpar las pesadillas de una rutina existencial que sus angostas vidas han creado, a los espejismos que crean las promesas ficticias de un cambio que no depende de la realidad real, sino de la voluntad de asumir el mundo con sus certezas y contradicciones. Rordaz.

lunes, 18 de agosto de 2014

ESCALPELO


LA POESÍA


La poesía vuelve
aunque no estés.

La poesía reincide 
aunque te vayas.

La poesía insiste.
La poesía no miente.

La poesía no muere.

    Salta muros de piedra
    rompe rejas ocultas
    crepita entre las llamas


¡Surge de las cenizas su mudanza!
              
                                                 Ramón Ordaz


                                                carabalícarabalícarabalícarabalícarabalícarabalí


Una vez que el hombre bajó de los árboles y tomó la pradera, nunca más se detuvo en su carrera armamentista, sí, de creador de armas para su eterno complejo de autodefensa. Las sombras como la infinitud le acechaban constantemente. Creó tótems, bautizó dioses, entidades protectoras en cada piedra, en cada montaña, en cada lecho de agua duendes, homúnculos, en fin, su doble, para dar seguridad con ese ritual a una marcha que no ha tenido reposo. Teme a Dios, su mayor enemigo, y día tras días inventa armas más sofisticadas para destruirlo. ¿Qué otra explicación dar a la barbarie de un campo tecnológico puesto al servicio del más desalmado de los propósitos: la constante producción de armas que no tiene otro fin que el de la guerra de pueblos contra pueblos, de hermanos contra hermanos? "El hombre es un lobo para el hombre", célebre frase de Thomas Hobbes, es la más cruel definición de esa criatura que puebla y despuebla la tierra al mismo tiempo. Desde el pico chelense a las armas nucleares, ¿ha cambiado el hombre en sus fines? 
También ha creado armas el hombre para abrir y extirpar de su propio cuerpo la formación anómala. La cirugía es tan antiquísima como la primera guerra tribal. Nuestros incas inventaron el Tumi para practicar la trepanación; los antiguos oficiaban también en ese sentido porque querían curiosear qué había en esa caja craneal que unas veces funcionaba a cabalidad y, otras, perdía todo sentido de orientación. El bisturí moderno no pocas bondades ha traído a la ciencia que ejercen esos brujos de academia, los médicos. El bisturí de diamante, el láser, son expeditas armas científicas para tratar a nuestros enfermos. Quienes soportan la prueba pasan temporalmente a mejor vida; los que no, a padecer el martirio de las horas presentes hasta que los hados lo convoquen a su última morada. El escalpelo, ese instrumento que hace la guerra con fines humanitarios, lo utilizaremos aquí para hacer las necesarias cirugías en la perturbación literaria que padece nuestro país de origen, Venezuela.