NO HIPOTECARÁS TU PALABRA
Quien vive de ideas prestadas corre el riesgo
de que algún día amanezca sin ellas. Posesionarse y defender una religión, una
teoría, un sistema de pensamiento es cuestión que admiramos y respetamos. Por
muy equivocado que se esté, siempre refulgen verdades universales de las que
cualquiera de nosotros puede ser su propietario. Unos más, unos menos, somos reos de
convicciones e ideologías que a muy temprana edad o en nuestra juventud
adquirimos en el entorno familiar, en los pasillos escolares. El transcurso del
tiempo nos deslastra de algunas y, a su vez, nos afinca en otras. Así va
creciendo el tronco de ese árbol de sombras que es la adultez. Unos llegan a
ella con la frondosidad de sus ramas desplegadas y tupidas; otros, con la
corteza en ruinas y las raquíticas sombras de un esqueleto vegetal que da
cuenta de que no siempre tuvo cerca el agua fresca y vitalicia. Puestos en la
mitad del camino, en ese punto de inflexión donde comienza la cuenta regresiva,
donde el reloj biológico no suma sino que resta, va de quimera a utopía el
sueño de solventar lo que no hicimos ni cultivamos durante las décadas
efervescentes de nuestras vidas. Quienes lograron curtir su espíritu con la más
diversa materia del mundo, saben bien que tomaron de esto y aquello –llámese
religión, teoría, sistema u otros- para construirse una capsula de viaje; vale
decir, apropiarse con sano juicio y sensatez el conocimiento del mundo para no
ser víctimas de la mínima ráfaga o ventisca de los tiempos. Sólo así podrán
liberarse de fanatismos y borrascosas pasiones. Se engaña quien pretende
recuperar el tiempo perdido. Si el tiempo es lineal, no hay nada que hacer; y
si es circular, la vida es muy corta para pasar de nuevo por el mismo punto.
Armados en nuestra propia fortaleza, estaremos en condiciones óptimas para
asumir el compromiso que fuere con serenidad y mirada de arquero, objetivando
el blanco sin que nos tiemble el pulso. Ningún acontecimiento exterior podrá
alterar la ruta trazada por la flecha del pensamiento. Cuando hablamos de ideas
prestadas, hemos querido referirnos a las creencias y supersticiones de todo
tipo: históricas, políticas, religiosas, etc.; a las bolas o corrillos que
echan a rodar los laboratorios de la mentira, a las invenciones que un imaginario
social pone en circulación para provocar éxtasis y consuelo en esa dirección
equivocada de la esperanza de quienes aspiran extirpar las pesadillas de una
rutina existencial que sus angostas vidas han creado, a los espejismos que
crean las promesas ficticias de un cambio que no depende de la realidad real,
sino de la voluntad de asumir el mundo con sus certezas y contradicciones. Rordaz.
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